El Quindío entre el lamento público y la lambonería mediática
- 21n Informativo
- 27 dic 2025
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Entre el lamento público y la lambonería mediática se ha venido construyendo la agenda decembrina en el departamento del Quindío. Una temporada que, lejos de unir, ha dejado al descubierto una fractura cada vez más evidente entre varios mandatarios municipales y el máximo poder departamental. Nada nuevo bajo el sol, pero sí cada vez más ruidoso, más teatral y, sobre todo, más incómodo de observar.
Lo viejo no deja de cansar. Los bandos de siempre reaparecen: los que aplauden por reflejo, los que lamen botas por migajas, contratos o promesas que casi nunca llegan. En ese ejercicio han vendido algo más valioso que la dignidad: han hipotecado el poder del llamado cuarto poder. Porque defender lo indefendible no solo desinforma, también confunde, polariza y, de paso, provoca auténticas náuseas gramaticales.
¿La razón? Quienes presumen tener “el toro por los cuernos” en sus estructuras políticas se desdibujan hasta lo grotesco. Basta ver cómo se levantan faldas y se bajan bragas ante el más mínimo espectáculo. El ejemplo más reciente: las ya famosas caravanas navideñas del gobernador Juan Miguel Galvis, que han logrado elevar su popularidad entre brincos, luces y un populismo cuidadosamente envuelto en drama sin tarima… pero con transmisión en vivo.
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Acto seguido, llegan los lives, las denuncias públicas, los lloriqueos digitales y las pataletas institucionales de algunos alcaldes que decidieron no permitir el ingreso de la caravana a sus municipios. Quimbaya y Calarcá se convierten en epicentro del rifirrafe, este último con un ingrediente adicional: un alcalde cuyo ego ya orbitaba fuera de la estratósfera y que ahora parece competir, no en soluciones, sino en show.
Si usted llegó hasta aquí, felicitaciones: superó el promedio que solo se queda en el titular. Y es importante aclararlo de una vez: este texto no defiende a ninguno de los bandos. Tampoco hace parte de ese promedio de “medios” o “portales informativos” llámelos como quiera, que se arrodillan ante el político de turno y entregan su credibilidad, imparcialidad y dignidad a cambio de favores. Muchos, de hecho, ya olvidaron qué significa esa última palabra.
Esto no es una noticia. Es una crítica frontal. Dura. Incómoda. Y se hace con autoridad moral y profesional, porque en medio de tanta lambonería aún existen comunicadores que ejercen la profesión con criterio, carácter y coherencia. Alguien tenía que decirlo. Alguien tenía que amarrarse los pantalones y pedir que, por favor, bajen el volumen del drama barato y dejen de dividir a la comunidad.
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La prensa está para informar, no para defender. Para transmitir, no para ofender. Para observar con distancia crítica, no para ser lambiscona. Sí, todos tenemos amigos. Sí, todos trabajamos en distintos frentes, incluida la política. Pero no se haga llamar medio de comunicación si lo único que hace es lamer botas de políticos que, a puerta cerrada, dicen que a la prensa “se la maneja con 50 mil pesos y un desayuno”.
La prensa es poder. Es desarrollo. Es construcción de ciudadanía. Ya es hora de dignificar esta profesión. Dejar de mendigar atención política. Porque es cierto: a uno lo tratan como se ve. Así que mírense al espejo, edúquense, tengan carácter y criterio, o al menos dejen de criticar a quienes no están dispuestos a seguir el manual de lo que no se debe ser en el periodismo.
Ahora bien, volvamos al fondo del asunto, más allá del show navideño. Hay puntos claros que no se pueden ignorar.
Primero: la Gobernación del Quindío debe cumplir los protocolos legales. Permisos, planes de contingencia, movilidad. No tiene jurisdicción sobre los municipios. Ese es el meollo del problema. No se trata de caprichos ni arbitrariedades, sino de consensos lógicos, maduros y respetuosos de la institucionalidad.
Segundo: la gente está cansada. Y cuando digo la gente, hablo de quienes piensan, observan y se hartan de ver peleas constantes entre mandatarios, amplificadas por sus séquitos de confianza, mientras todos prometieron unión y trabajo en equipo.
Tercero: la falta de tolerancia, encarnada en funcionarios de ambos lados, que avivan turbas y terminan protagonizando espectáculos bochornosos que nada aportan.
Y finalmente, una realidad incómoda: la ausencia de cultura y valores. Porque mientras se grita, se reclama y se señala, alguien se roba un casco del alcalde de Calarcá en medio del caos. No es el objeto, es la acción. Es el mensaje que se transmite. Mientras los adultos se pelean por egos y poder, niños y jóvenes aprenden las peores mañas. ¿Eso cómo se corrige? ¿Con medios mandados o con acciones serias y coherentes?
Señores mandatarios: bajen el telón, paren el show y resuelvan las cosas con madurez. El Quindío lo exige. Medios de comunicación: dense su lugar y dejen de mostrar hambre. Respétensen para que los respeten. Ciudadanía: exija, infórmese, edúquese y ayude a que este territorio sea tendencia por buenas prácticas y no por repetir como loro lo que escucha en pasillos políticos.
Y sí, lo decimos sin rodeos: aquí también tenemos amigos y manejamos pauta. Eso no impide la crítica. A eso se le llama carácter. La prensa debe ser transversal. Se aplaude lo bueno y se jalan orejas cuando algo no anda bien.
Aplausos para la intención de llevar magia a las calles del Quindío. Pero que la próxima vez sea respetando la norma, dando ejemplo y no imponiendo. A los alcaldes: bien por defender sus territorios, para eso fueron elegidos, aunque siempre hay caminos más decentes, más coherentes y menos ruidosos.
Y a quien le caiga el guante, ya sabe qué hacer...



















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